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El día de ayer en el Gran Seminario Bíblico, se presentaron varios grupos con todo el corazón de Dios; uno de ellos fue el de A Capella, que encendió el ánimo del público, con dos canciones internacionales llenas de alegría; también Ríos de Vida, entonaba canciones que llenaban de esperanza y felicidad, con sus voces e instrumentos; por último, el Coro Hossana deleitaba con dos canciones, las cuales causaban gran gozo en los presentes.









Después de esto, el Pastor Pablo Shin nos hablaba del capítulo 4 de Romanos. Y nos hacía preguntarnos: ¿La vida de creencia está conforme a la Palabra de Dios, o a mis pensamientos?


Buscando en Génesis, vimos que Abraham solo veía la situación humana, la cual era que él no podía tener un hijo; y por eso tenía un problema de fe. Porque aunque Dios ya le había dicho que iba a tener descendencia, él creía en su pensamiento, y no en la Palabra verdadera del Señor. Para acercarse a Dios, tenemos que despojarnos del sí mismo y de nuestros pensamientos, porque los pensamientos de Dios, no son los nuestros.








“No importa si la situación se vislumbra imposible, y si podemos hacer algo o no; ya que si Dios nos quiere dar algo, solamente necesitamos creer en él, sin importar lo que pensemos. Creer es la fe, y la fe en Dios, es el pago por la gracia de nuestra justificación; por eso al que obra, no se le cuenta como gracia, sino como deuda. Poco a poco, con la promesa que Dios le dió a Abraham, él botó sus propios pensamientos, y su fe de que iba a tener una descendencia como las estrellas, le fue contada por justicia. El linaje de Abraham, fue la descendencia a la que llegó Jesucristo. Al ser todos pecadores, necesitamos que alguien nos redima, y el Señor Jesucristo, vino para ser el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”









Así como Abraham, debemos tener la fe en la Palabra de Dios, y ella es la que siendo impíos, nos justifica en Jesucristo una vez y para siempre.


Por Cristo que vino a salvar al mundo, la ley que ninguno puede cumplir y que únicamente nos condena, porque su función es la de darnos el conocimiento del pecado; queda abolida para siempre, solo hay que creer en el Salvador.



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